-Para mí la inspiración es tener dentro arena en lugar de hierro.
Mirábamos el cielo los dos, se vislumbraba como algo lejano e inalcanzable para nuestras alas mutiladas. Aquel día todo parecía un poco roto bajo el sol. Yo le contaba de mi día a día vacío de experiencias y de que se me moría el alma dentro y caía en un vacío inesperado de armónica pasividad. Lo miraba de soslayo y le decía que yo necesito luchar por algo, que quiero una lucha de verdad, gritar sola por la calle, firme, convencida, corriendo contra algo. ¿Contra algo? ¡Corriendo contra todo! Y que solo así me siento viva que para mí la inacción es como una condena.
-¿Y esa lucha que te callas no será contra ti misma?
-Puede ser…
Giré la cabeza y allí estaba su perfil siempre tan inexpresivo, tan sabio, siempre sabiendo todo lo que yo ignoro. Lentamente tornó su rostro de marfil y nuestros ojos se encontraron. ¡Oh, esos ojos sin fondo, tan negros, tan profundos! ¡los hilos de sus iris son el telar del universo!
-Tus ojos me queman..- le reproché con calma, con una voz que parecía brotar del rincón más recóndito del universo.
– Perdóname- dijo él bajando la mirada mientras al tiempo la fijaba en mi pelo y retiraba de su brillo una hebra de tabaco desenredándola con su fina mano.
-¡Tus ojos me queman!- le repetí.