Los mirlos capuchinos brincan silenciosos entre las raíces del ombú
Ellos y yo andamos tirados por el suelo
Ellos piensan en gusanos, y yo en las personas a las que los gusanos se comieron
Por encima de nuestras cabezas gritan las cotorras, caóticas como siempre, y el sol abrasa
Las raíces del ombú de la Villa Grimaldi salen a la tierra
como costras de herida vieja y gris
Se alzan sus troncos al cielo calcinador de Santiago en enero
como trompas de elefantes gigantescos
Fluye en su savia la memoria de los colgados
¿Por qué no te pudriste o te rompiste de pena, viejo ombú?
¿Por qué sigues vivo y duro, y resurges con mil ramas verdes de tus muñones?
No todo lo doloroso debe desaparecer.
Lo entiendo.
Si desaparecieras de pena, si os suicidamos de injusticia
¿quién entonces portaría en sus lenguas y en su corteza la memoria del horror?
¿quién sostendría la llama de lo que no se ha de olvidar?
¿quién, y con qué fuerza hablaría ante los esquejes y las niñas, de la vileza y la justicia?
Lo que no se ve no se puede limpiar
Lo que no se conoce no se puede evitar
Tú, árbol de las pesadillas de muchos,
sigues aquí para recordarnos que aún después de presenciar
lo más bajo del alma humana y del abuso del poder,
la naturaleza se queda, y como una madre sabia nos ampara, nos calma,
nos enseña, sin palabras, a seguir.