Te miro. Bajas las escaleras como si se te olvidase todo lo que llevas detrás.
¡Llevo ranas verdes, me esperan en el escalón de abajo, las oigo croar!- te ríes
Vienes a mí con óxido de luna en los párpados
como si siguieras dormida por las calles empapadas.
Tú, toda vida, ideas y juventud. Yo, toda silencio, filosofía, fachada y ritual.
Caminas sobre las piedras resbaladizas, esquivando despacio gritos, paraguas, bolsas y risas.
Te preguntas si la poesía puede brotar de unas zapatillas fosforitas…
¡Es tanta la que esconden! Aunque arrugues la nariz, es la poesía de tu generación.
Una oda a esas deportivas estridentes
que chocan con el gris de una ciudad vieja.
Tienes óxido de luna en los párpados
como si vivieras en el siglo XVI,
como las vidrieras de una catedral renacentista.
Aparece un hombre hecho de sueño, hombre de idea etérea, de melancolía blanca, de sirenas de colores. Se cruza contigo. Te mira con los ojos robados de un chico con rizos en bicicleta. En realidad, me miraba a mí.
Porque tus poemas están llenos de la ceniza del cigarro que siempre te olvidas de sacudir antes de que se desplome sobre las hojas.
¿Lo tiras a drede? ¡Ah! Me miras por fin como si todo el tiempo hubieses estado viajando sobre una nube etérea, lejos. Lejos de mí.
No lo sé- contestas- pero hoy he escuchado una carcajada preciosa de camino a la universidad.
Tus paseos con banda sonora bajo esta cúpula ahumada de ecos de guitarra y edificios beige, te hacen volar ¿Verdad?
Levantas la cabeza divertida, esta vez sí me escuchabas.
-Sí -suspiras- son la poesía de estas piedras, de estos paraguas, de esas zapatillas, de aquella carcajada. Son el Romanticismo del siglo XXI-y entonces clavas tus pupilas en mis cimientos y añades- el Romanticismo del siglo XXI en ti, Salamanca.